Ventana para sacar cuentas
LA ANCIANITA DE HABACUC
Juan Josè Bocaranda E
Érase una viejecita
que se las daba de santa
pues siempre de su garganta
salían palabras bonitas.
A todo mundo decía
que halándola por el moño
al cielo la subirían
San Perucho
y San Antonio
porque su nombre ya estaba
impreso en “el libro de oro”
donde sólo se anotaba
a los justos con decoro.
Soy consciente, justa y buena,
amo a Dios a carta plena
me sorbo los evangelios
más el libro de los reyes
el de samuel y los jueces
el génesis y el levítico
la conversión del raquítico,
los cantares, malaquías
habacuc y sofonías
y otras dulces melodías
que completo por las noches
leyendo de troche a moche
los salmos y nehemías
las palabras de miqueas,
los lamentos de ezequiel,
los andares de sansón
y las idas de dalila
de los números en fila,
y del Chicho ni se diga.
Y si quiere le recito
como si soplase un pito
el evangelio de lucas,
la ballena de jonás
o las babas de caifás
las cartas a timoteo
y unas cuantas peroratas
de simón el filisteo.
Pero qué diabla tan falsa,
engañosa y fementida,
aquella vieja perdida
de tan negro proceder,
pues la muy larga ladina
actuaba como porcina,
como lo vamos a ver.
Como lo vamos a ver:
Asistía con humilde piedad a los oficios
dominicales, aunque estuviese lloviendo a poncherazos. Se desvivía por el
pastor, cuyas prèdicas recitaba de memoria en voz alta durante toda la semana. Los
domingos, muy de mañana, me arrancaba del sueño con los gritos infernales de un vociferador de
evangelios, para lo cual colocaba una radio en la ventana de mi habitación,
pretendiendo que me ganara a los empujones la salvación del alma. Entreveraba
la memorización de prédicas y sermones, con cantos y salmodias de una monotonía
tal, que me forzaba a dudar si la vida en el cielo era de eterno gozo y
embeleso, o de muerte por hastío.
Como si lo dicho fuese poco, se reunía con
frecuencia, en su casa, con otras fanáticas,
para engullir galleticas con chocolate y hablar de cosas divinas y despotricar contra "los réprobos" que no querían
aceptar la advertencia de que el juicio final estaba al cruzar la calle.
Aun en
contra de la opinión del único hijo y de los nietos, donó un apartamento al
pastor de la iglesia.
A media cuadra de su casa trabajaba una
humilde mujer haciendo el aseo de los baños en una arepera: aunque había tres habitaciones disponibles, la anciana la ubicò debajo de una escalera, para
que durmiera con las cucarachas, sin
tener en cuenta que aquella señora le servía gratuitamente, aseándole la casa, preparándole los alimentos y
realizando las compras, tan pendiente de ella, que se daba algunas escapadas a
riesgo de que la despidieran del trabajo.
La caridad cristiana campeaba en ese
hogar por todos lados: cuando llamaban a la puerta, la anciana bondadosa miraba
por la ventana y si se trataba de algún
mendigo, sencillamente no lo atendía, aunque dejara los nudillos en la puerta.
Echò a la calle a una viuda solitaria que
se había retrasado en el pago puntual del arrendamiento.
¡ Ah! Y también manifestaba piedad en
materia de usuras, pues era prestamista meticulosa, abusiva y exigente.
Cuando murió, quedó como testigo de su cristiano
desprendimiento, una maltratada pero gruesa libreta, donde había venido
anotando durante sesenta años el nombre de los deudores, con la respectiva
cuenta de pagos y de multas por los días de retraso o incumplimiento. No en
vano dejó, que sepamos, tres casas, dos edificios y una fábrica de velas.
Suponemos que también
esta contabilidad
le fue anotada post-mortem
en “el Libro de las Cortes”
debido a su santidad. Amén.
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