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jueves, 15 de enero de 2015

MEMORIAS DE DIÒGENES. HACIA EL AVERNO.


HACIA EL AVERNO

Cuando atisbaron los basurales y cajones bo­rroneados que desfilaban ante nosotros a lo largo de  las calles, los Sabios comenzaron a ver la cosa negra.
-Me da  la impresión de que nos conduces a las puertas del Averno o al antro de la Sibila de Cumas- me dijo Periandro.
-Estamos en Kattiópolis, el infierno de Atenas.  No vamos al Averno. Tampoco a casa de la Sibila de Cumas: vamos al chiquero que he podido conseguir  con las cien dracmas que me envió Zeus para el cumplimiento de esta misión. Es ahí donde vamos a vivir. Al mínimo resbalón en el cumplimiento de sus deberes de filósofos, les impongo “el salto de la rana” hasta que se vuelvan sapos, y unas ochocientas “lagartijas”.
Todos guardaron silencio. No tanto por mis razonamientos cuanto por el temor a la violencia, pues tengo averiguado que también es de sabios someterse a la fuerza cuando el pellejo está guindando.

Comenzamos a subir aquellas escaleras a las cinco de la ma­ñana, hora en que los malandros se disponen a retirarse a sus apo­sentos, circunstancia que nos favoreció, aunque no nos abandonó el miedo a un asalto, lo cual, dada la intensidad del mismo, resultó prácticamente un atraco.

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