HACIA EL AVERNO
Cuando atisbaron los basurales y
cajones borroneados que desfilaban ante nosotros a lo largo de las calles, los Sabios comenzaron a ver la
cosa negra.
-Me da la impresión de que nos conduces a las
puertas del Averno o al antro de la Sibila de Cumas- me dijo Periandro.
-Estamos en Kattiópolis, el infierno
de Atenas. No vamos al Averno. Tampoco a
casa de la Sibila de Cumas: vamos al chiquero que he podido conseguir con las cien dracmas que me envió Zeus para
el cumplimiento de esta misión. Es ahí donde vamos a vivir. Al mínimo resbalón
en el cumplimiento de sus deberes de filósofos, les impongo “el salto de la
rana” hasta que se vuelvan sapos, y unas ochocientas “lagartijas”.
Todos guardaron silencio. No tanto por mis razonamientos cuanto por el
temor a la violencia, pues tengo averiguado que también es de sabios someterse
a la fuerza cuando el pellejo está guindando.
Comenzamos a subir aquellas
escaleras a las cinco de la mañana, hora en que los malandros se disponen a
retirarse a sus aposentos, circunstancia que nos favoreció, aunque no nos abandonó
el miedo a un asalto, lo cual, dada la intensidad del mismo, resultó
prácticamente un atraco.
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