POR UN LETRADO DE BÙKKARAS
Todos los
Sabios coincidieron en afirmar que el viaje había sido muy poco placentero, a
pesar de la ataraxia o “imperturbabilidad de ànimo” que sirve de consuelo a muy
contado número de filósofos, pues la mayoría no se aguanta y se desata en
impacientes improperios en las situaciones más diversas.
Y fue que en
Kukkuttàpolis habían tenido que cruzar por circunstancias capaces de sacar de sus ranchillos aun al más
fiel de los estoicos, como lo fue la pèrdida de los pasaportes.
Gracias al
cielo que el dios de los filósofos –que
debe ser el más sabiondo de todos- les ayudó en una forma poco esperada,
pues un letrado que vendìa pescado en
el Mercado Municipal les consiguió la documentación a cambio de ciertos
pergaminos de Aristóteles que portaba Quilón cosidos a sus jitones.
Se decía que Abū l-Walīd Muhammad ibn Ahmad ibn
Muhammad ibn Rushd, alias Averroes,
tenía copia fotostática de ellos. También los Siete. Para algo podrían
servirles.
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